¿PREMIOS O CASTIGOS?

febrero 11, 2017


Como padres, muchas veces se tienen momentos difíciles con los hijos. En muchos casos mantienen comportamientos inadecuados que les irritan y molestan o irritan y molestan a las personas de su entorno y han intentado gran variedad de estrategias y técnicas, e incluso han leído libros de autoayuda para padres sin ningún éxito. Después de todos los intentos, acaban por pensar y verbalizar que esto durará para siempre y que “su hijo no tiene arreglo”. Pues bien, esto no tiene que ser siempre así puesto que la conducta humana sí se puede cambiar, y modificar la conducta depende principalmente de dos aspectos: los premios y los castigos.

Seguro que habéis apreciado en muchas situaciones que:

- Si con algo o con alguien nos va bien: REPETIMOS (Si algo nos gusta, si alguien nos anima o nos premian por algo bien hecho…)
- Si de hacer algo o estar con alguien no obtenemos nada: LO DEJAMOS.

Por tanto parece que: LA CONDUCTA HUMANA DEPENDE DE SUS CONSECUENCIAS.
Los premios son una consecuencia positiva tras un acto o conducta, por lo que favorecerá que ese mismo comportamiento se vuelva a repetir en el tiempo:

- Si se ríen con mis gracias: las contaré más veces o haré más gracias la próxima vez.
- Si me felicitan por hacer algo, seguro que volveré a hacerlo con gusto.
- Si me dan dinero por hacer un recado, estaré dispuesto a repetir.
- Si saco buenas notas con mi esfuerzo en el estudio, seguiré siendo más aplicado…

Estos son algunos de los ejemplos que podemos encontrar en la vida diaria como adultos o con los pequeños. Pero el premio más potente y que a todos nos gusta, desde los más pequeños hasta los más mayores, es LA ATENCIÓN. Tanto es así, que si no conseguimos que nos hagan caso por las “buenas” somos capaces de llorar, remolonear, pegarnos, mojar la cama, tener rabietas… con tal de que papá o mamá nos presten atención.

Una cosa que debemos tener en cuenta es que para que un premio funcione debe llegar cuanto antes, puesto que para aprender a aplazar las recompensas se necesita tiempo y las que se dan a largo plazo acaban perdiendo fuerza o animan poco a que la conducta se repita. De hecho, cuanto más pequeños son los niños necesitan la recompensa de manera más inmediata. Por el contrario, como ya he comentado, si nunca hay un refuerzo agradable, nadie sigue:

- Si no me hacen caso, ¿para qué hablo?
- Si nadie me valora en casa, ¿de qué sirve esforzarme?
- Si nadie me atiende, ¿para qué grito?
- Si mamá no me mira, ¿para qué enredo?...

En resumen, si alguien recibe recompensas con abundancia: se sentirá querido, crecerá la confianza en sí mismo y se desarrollará de forma más adaptativa. Sin embargo, si son escasas o nulas, se dará el desánimo, la timidez, la inseguridad, o se buscará el aprecio de manera perjudicial y desadaptativa.

Y, ¿qué ocurre cuando castigamos? El castigo debe ser el último recurso para conseguir que algo se haga (para esto es mejor utilizar los refuerzos) o se deje de hacer. Aún así, en ocasiones habréis logrado el éxito y habréis conseguido que una conducta deje de hacerse.

Entonces, ¿en qué casos podemos utilizar el castigo? Éste funciona bien si:

- Es inmediato (como un calambre cuando metes los dedos en el enchufe).  Si lo aplazáis no servirá de nada (“ya verás cuando llegues a casa, o cuando venga tu madre/padre)
- Ocurre siempre que se comete la falta. Hay veces que ante la misma conducta somos más flexibles por nuestro estado de ánimo, esto dificulta que el castigo sea efectivo.
- Sabe exactamente por qué es castigado. Si no fuera así, puede pensar que es porque la han tomado con él o le tienen “manía”.
- Es intenso y corto. En multitud de ocasiones nos dedicamos a gritar y gritar, lo cual no sirve de nada porque pierde eficacia.
- Se ofrece otro camino correcto para conseguir lo que se busca de malas formas. Por ejemplo, si alguien busca dinero y lo obtiene robando, ofrecer la posibilidad de ganarlo haciendo algo que ambas partes (padres e hijo/s) convengan.

A pesar de los aspectos positivos, el uso del castigo también tiene inconvenientes:

- Sólo funciona mientras esté presente la persona que le ha castigado.
- Provoca agresividad en la persona castigada contra el castigador, contra iguales (hermanos), contra inferiores (niños del cole u otros semejantes que tienen dificultades) o contra objetos (peluches, muñecos, puertas…)
- Si cuando le castigan piensa que no le quieren, estorba, no hace nada bien o “es malo” se volverá inseguro, angustiado, huidizo… asique cuidado con las etiquetas y definir las conductas inadecuadas, es decir, dejar claro que NO ES MALO sino que HA HECHO “ESTO” MAL.
- Se puede convertir en premio puesto que finalmente obtuvo la atención que requería.

Cuando hacemos modificación de conducta, debemos conocer una serie de alertas o condiciones necesarias para su correcta ejecución.

- Ambos padres deben estar de acuerdo:
- A la hora de premiar y castigar para evitar el desconcierto.
- A la hora de mantener el castigo para que no se pierda su eficacia.
- Si se proponen “no hacer caso” a ciertos comportamientos, puesto que en el momento en que se le atienda o responda, aunque sea solo una vez, la conducta volverá a reafirmarse y a reaparecer en el tiempo.
- Cuando castigamos o premiamos debemos fijarnos y trabajar conductas muy concretas, sino podemos generar desconcierto, etiquetas y con ello inseguridad, sentimientos de inutilidad… Por ejemplo, no emplear términos como “malo”, “vago”, “me tienes harto” , “siéntate bien” y concretar las conductas que os molestan de manera objetiva: “no quiero que juegues a la pelota en casa”, “es hora de hacer los deberes”, “ siéntate con el culo en el asiento”…
- Cuando tras un periodo de mantener comportamientos inadecuados comenzamos un proceso de premios y castigos siempre la conducta empeorará inicialmente para posteriormente disminuir y ajustarse.
- Hay que tener paciencia, no es un proceso rápido y requiere de constancia y acuerdo entre ambos padres.


Concluyendo, lo más importante es “jugar con la atención”, es decir, si queremos que nuestro hijo repita una conducta le elogiaremos y le premiaremos con gestos o palabras o regalos (no necesariamente materiales), es decir, le prestaremos atención. Por otro lado, cuando queremos que una conducta se extinga, desaparezca, retiraremos la atención no haciendo caso, no regañando ni castigando. No obstante, si pasado un tiempo no cambia y urge eliminar una conducta, CONCRETAR qué está prohibido y CONCRETAR qué castigo habrá en consecuencia tras la realización de la misma. En ningún caso se darán gritos ni se producirán reproches, puesto que ya se ha establecido la sanción y dichas respuestas supondrían un castigo añadido. 



"Que el temor a fallar no te impida jugar"

0 comentarios